El Inmemorioso - Capítulo 26

31 octubre 2008

Capitulo XXVI.

El método, la fórmula, la repetición, todo ello derrumbado en el éxtasis de la percepción presente. Los pocos pilares bajo la casi extinta memoria se han desecho, pero esta vez no es sólo mi enfermedad, sino la percepción sostenida que dejó tras suyo al pensar. Fui hasta el fondo de mi seguridad, que es mi inseguridad, y encontré nada que el pensamiento pueda reflejar, repetir, sostener, cavilar. Pero, tal vez sí haya encontrado algo que deja mi mente callada, quieta, pero tensa y expectante, una inmensidad inasible de la cual soy parte, una observación que se expande hasta perder todo indicio para referenciarse. Nada puede hacerse ante semejante prepotencia, la misma que la mente con sus pensares inquietos ignora, y me duele el ego hasta el infinito, me duele la creencia, me duele el ser-algo, me duele la emoción, me duele la imagen que intenta recrearme. Como Quirón, tengo una herida que rehúsa en cicatrizar, mientras mi percepción no hace más que condenarme a la sempiterna existencia del instante mortal. No puedo ya refugiarme en la lógica de los hombres, y eso me aleja de ellos. No puedo ya ver la cualidad humana sin perderme en un profundo silencio, y esto me acerca precisamente a lo más hondo de lo humano, de lo demasiado humano.
Habiéndome, por momentos, olvidado de la identidad que me llama, engloba y separa de lo-otro, no es hoy el que escribe sino una fuerza que irrumpe sobre otras para afirmarse y morir.
La persistencia, lo inmutable sólo es la repetición de la mente que lo mantiene así. Sin mente no hay cosa fija, tampoco tiempo y espacio. Quiero ir más allá pero mis pensamientos quedan rezagados en lo profundo que no es interioridad, pues nada es propio y nada es ajeno.
Observo la materia y la forma que se resiste a ser clasificada y mantenida en la mente, todo se escapa manteniendo un enigma ajeno e inmanente en todas las cosas.
¿Por qué nos han educado para creer que podemos ser más que otros, que podemos gobernar a otros, a los pequeños utensilios de nuestras vidas? ¿Por qué queremos ser el centro de la existencia propia, por qué llamamos nuestra a la vida? ¿Por qué estamos programados para pensar que operamos como queremos? Cada ser humano, centro conciente de la vida propia y periferia inconsciente de la vida de otro. Es este límite qué me asegura que el otro es otro y que yo no soy otro. ¿Por qué pautamos las creencias más profundas desde la división de los cuerpos, cuando de éstos somos inconscientes la mayor parte de nuestra vida, hasta que una enfermedad nos da cuenta de que existe?
¿Por qué nos repetimos a nosotros mismos hasta la muerte cuando la naturaleza no lo hace consigo misma jamás? ¿Por qué inventamos una esencia inmutable que en cada siglo se desplaza porque algo ha evidenciado su inconsistencia? Una vez Dios, ahora el Yo, y después qué...
¿Cuál creación mana de mi ser inmemorioso cuando su destino en el seno de lo humano es: o rechazada o repetida hasta la mecanización? Habría imaginado Descartes el destino de su “Cogito...”, se habría imaginado Jesús como futuro exponente de la fé que niega al pensar.
Eternizar o rechazar. ¿ha salido el hombre de tal dilema?

-© 2008- rafael barrio.

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