El Inmemorioso - Capítulo 9
08 septiembre 2008Capítulo IX.
En la introducción a mi escrito dije: “Así como al ciego se le agudiza el oído, a mí se me han agudizado las sensaciones y ellas son mi escala de valores, mi regla, y mi sufrir en el amor...”.
El amor parece presentarse caótico cuando se intenta insertarlo en algún cajón clasificatorio: controvertido tema, inadvertida y vertiginosa sazón, velo nuboso, distracción adolescente, sentimiento eterno, estado perfecto, etc... Como “ser”, “acontecer”, “instancia” es tan sublime como apenas comprendido; pues él, caprichoso, deja a la moral tendida en su lecho sin ella siquiera advertirlo. Rebelde al control, enmadeja el pensamiento y le suelta una carcajada. Es el giro rápido que renueva cualquier statu quo. Eso es el amor, es la redundancia del suspiro, el colmo de lo diferente y familiar, es ser -por un segundo- otro.
Este es precisamente el génesis del mito de “La diosa Afrodita” y, a la vez, la descripción de la diosa asesinada en silencio por los hombres cuando dejaron de compartir su presunto mundo con los dioses.
Con el paso de las eras la raza que me engloba fue silenciosamente apropiándose del mundo. Contra los dioses fue su batalla más difícil, inútiles fueron sus armas, como la fuerza de sus músculos. Siendo la virilidad y la fuerza su poder se vieron obligados a forjar un nuevo instrumento contra los dioses: ¡es aquí y no en otra parte, amigos antropólogos, donde comienza la verdadera génesis del intelecto!
Sería una exposición obvia describir la forma en que transcurrió la historia desde aquel entonces. Pero es importante señalar que el único dios que, aunque saqueado y desterrado, mantuvo su esencia consigo fue la diosa del amor. Ella desde su tierra se ríe, como en los viejos tiempos, a carcajadas de cada hombre que hoy hace uso de su nombre. Ella desde su tierra se ríe de nosotros fetichistas, el fetiche religión, el fetiche ideales, y por último el fetiche hombre y el fetiche mujer. El amor nunca necesitó fetiches...
-© 2008- rafael barrio.